SWEENEY TODD, el cansancio de ser Tim Burton
Fue el primero. Sí, el primero, o al menos así lo reconocemos ahora. Fue el primero en peinarse raro, hacer alarde de feo y sumar todas sus características físicas innatas al goticismo tenebrista (Toma palabro) que destilan muchas, la gran mayoría de sus películas. Y a eso está dedicando su carrera, a vender su nombre, no sus películas.
Tim Burton es ya un estilo de cine, pero como muchos otros de sus seguidores en el “frikiestilo” (como, por ejemplo, el español Álex de la Iglesia), que consiste en ir de rarete por la vida, responder seudointelectulamente y seudomisteriosamente a las entrevistas, rodearse de un grupo fiel de actores tan extravagante como uno y por ello creer que el cine sale solo, como muchos otros de sus seguidores, digo, no se ha dado cuenta de que el cine requiere esfuerzo.
Y Burton se niega a esforzarse lo mismo en la estupenda Big Fish que en la innecesaria el Planeta de los Nimios, digo simios, en la emocionante Ed Word que en la insípida Mars Attacks, en la personalísima Eduardo Manostijeras y en la … dejemos los adjetivos para luego Sweeney Todd.
Se trata, eso ya lo sabéis, de un musical, un musical de terror, que es lo que parece que en este caso le da el tono original a la cinta, ya que no es nada común escuchar cómo cantan los protagonistas al ritmo al que parten en cachitos a sus víctimas, pero ahí está el argumento. Tras muchos años fuera de Londres, un barbero al que el juez local le ha hecho la puñeta y ha destrozado la vida, vuelve y se encuentra con una especie de panadera que hace las empanadas más apestosas que te puedas echar a la cara y con un joven inocente que se enamora de la que, a la postre, resulta ser la secuestrada hija del protagonista.
El argumento, sinceramente, es lo de menos, bebe de las fuentes románticas del siglo XIX de las que tanto se alimentan el cine y la literatura contemporáneas, pero con un toque de posmodernidad en la intrínseca maldad de los personajes protagonistas. El desarrollo es el que nos presenta a un Burton perezoso, que se mueve muy bien entre decorados plagados de claroscuros y contrastes de luces, con algún juego de cámara interesante, pero que en realidad ya hemos visto en muchas otras producciones.
Pero donde más claramente se muestra la pereza de Burton en la película es en su falta de trascendencia. Una vez pasada la introducción con la prototípica construcción del personaje principal (el barbero Sweeney Todd) a partir de hechos oscuros y luctuosos del pasado, la cinta se convierte en una repetición paródica de chapoteos y chapoteos de sangre. Y ni el director ni el guionista ni nadie pretenden buscar tras las esquinas de la imagen ni aportar nada nuevo y propio, no vaya a ser que tengamos que mostrar menos sangre y menos “seudoguarradillas” (digo seudo, porque hoy en día sus guarradas no asustan a nadie), que es lo que queremos mostrar para parecer provocadores.
Y es que, amigos míos, Sweeney Todd es una película superficial y resbaladiza como un lago de hielo, que no te deja entrar en su interior en ningún momento y prefiere que te vayas deslizando, a ratos entretenido, por su irregular superficie. A estas alturas me estaréis preguntando en voz alta: bueno, ¿y las canciones qué? Pues eso digo yo. Empezando porque Depp no tiene voz (otra cosa es Helena Bonham Carter, maravillosa cantando), no proyecta, canta con una opacidad realmente anodina, como si le faltara el aire (pese a que no desafina, cuestión en la que ya incurre el chirriante Alan Rickman, que cuando no canta sin embargo es el mejor actor de todos). Empezando por eso, digo, seguimos por las presuntas canciones. Presuntas porque su melodía es muy simple, los estribillos apenas son golpes rítmicos sin ambición de armonía y no resultan ni innovadoras ni clásicas ni pegadizas. No se amoldan a la trama, no aportan nada, en fin, totalmente prescindibles.
Otro paso atrás, pues, de Tim Burton, un tipo con talento, pero al que le gusta acomodarse en su poltrona de sabio del cine. Muchos directores matarían por hacer una película como ésta y quizá les perdonáramos incluso que visualmente no resulte en absoluto desagradable (aunque se le pida una mayor innovación para los medios de hoy en día), pero al autor de Big Fish se le está notando que trabajar mucho le cansa.
Puntuación: 5
